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Short Stories Competition Spanish Language Category: Runner-up: Brian Gordon with ‘La Curanderita’

Mikiel, desde pequeño, siempre había trabajado con caballos en su Malta natal. Vestido con camisa blanca, chaleco y gorra de paño ladeada, apaleaba estiércol y cambiaba la paja de la cuadra en la gran casa señorial. Su empleo como mozo de cuadra en tal casa de prestigio en Gibraltar la venía muy bien, siendo un buen sueldo como inmigrante Maltés que era.

En aquella tranquila tarde la luz del sol brillaba sobre el pelo castaño del caballo, atado a un argolla en el patio, mientras Mikiel lo cepillaba suavemente. La ama de llaves – encargada de la servidumbre de la casa – se lo acercó con mucho misterio y en voz baja le encargó un recado. Él siendo Maltés pero no tonto, intuía de tiempo lo que pasaba. Los rumores se hacían cada vez más frecuentes y tratándose de una casa de tal renombre las habladurías eran difícil de ocultar. El recado consistia en ir a recoger a Rafaela – una curandera – en las afueras de La Línea. Mikiel no tardó en preparar los aparejos de montar, y mientras el caballo seguía atado a la pared, lo ensilló y le colocó el cabezal, ajustando los correajes bien para el corto viaje a La Línea. Se agarró fuerte a la montura, y con las riendas en su mano izquierda, se impulsó con su pie en el estribo hacia arriba. Firmemente se acomodó en la silla, manifestando una bonita estampa entre hombre y animal. Con un leve toque de talones del jinete, el caballo se echó a andar saliendo por la puerta del pórtico de la gran casa señorial, rompiendo al trote elegante al llegar a la calle.

Una vez en el otro lado, jinete y caballo bordeaban casitas y huertos dirigiéndose hacia las afueras de La Línea. El recorrido de arenas y piedras fue fácil para el trote, levantando el polvo del camino con cada paso de los sonados cascos. Casi llegando a los más lejano, pasando por charcas y dunas de húmeda arena, tomaron una vereda estrecha entre cañaverales altos. Un llano cercado de espesos pencales se abrió ante Mikiel, dejando el sombrío y estrecho sendero tras de sí. Barraquitas de techumbres de cana se encontraban justo en medio del claro, rodeadas de sus pequeños huertos de escasas hortalizas.

Desmontando y llevando el caballo por las riendas se encaminó hacia una de las barraquitas encaladas de blanco. Se abrió paso entre unas gallinas picoteando el suelo y acercándose a la puerta abierta levanto la voz llamando a Rafaela. Una muchacha joven desde dentro salió, secándose sus manos en su delantal. Moza de ojos verdes aceituna, morena tez y pelo negro recogido en larga trenza, contestó que Rafaela – su abuela – había recién muerto. Fina, su nombre – por Josefina – le preguntó para que la andaba buscando. Que si ella le podía servir, ya que su abuela le había enseñado bien los rituales de curar y demás.

Mikiel, en su chapurrado español le dijo que se necesitaba una curandera en una casa señorial de Gibraltar. Un trabajo a buen pagar. Había que apresurarse y que los dolores habían comenzando y las aguas estarían por romper. Fina, sin pensarlo dos veces entro en la barraca por su bolso. Él le tendió la mano y le ayudó a subir al caballo, saliendo a galope juntos cuando ya atardecía.

Ya adentrada la madrugada Fina llamó a Mikiel diciendo que había sido una niña. Un parto como de tantos que ella había asistido, ensenado todo por si difunta abuela. Fina le entregó a Mikiel un hatillo de tela blanca casi ensangrentada, diciéndole que era la placenta y debería enterrarla bajo las raíces del árbol más débil del jardín. Eligiendo un pequeño naranjo cavó un hoyo y enterró el hatillo. Todavía sudaba cuando, extrañado, subió Fina al caballo con la criatura en sus brazos. La niña fruto de un embarazo indeseado, tenia que entregarla en algún convento del Campo de Gibraltar. Mikiel se echó a caminar sujetando el cabello por el bozal, mientras ella, meciéndose al movimiento, dejaban la casa en silencio hacia La Línea.

Varios meses pasaron cuando Mikiel se presentó en la barraca en busca de Fina. Tenía que devolverle unas pequeñas tijeras olvidadas – con curiosa forma de cigüeña – que había usado en el parto. Tenia una criatura en brazos, de clarita piel y ojos muy azules cuando al tomarle las tijeras se sonrojó de vergüenza al leve roce de su mano. Todo quedaba comprendido sin mas preguntas entre silencios, mirando a ambas con ternura mientras el bebe balbuceaba.

Así los meses transcurrieron y el naranjo del jardín engrandeció frondoso y colmado de fruta. Las vistas de Mikiel frecuentaron mas por la barraca, viendo a la niña crecer y corretear detrás de los gorriones. Cada vez los paseos con Fina fueron mas largos. Cerca de las chumberas y las canas altas, por las dunas de arena y charcas donde las ranas cantaban. Llegó el ansiado día cuando Mikiel con su acento Maltés, tomándola de la mano y mirándola fijamente, le hizo una formal y bonita propuesta. La rubia niña, siendo testigo con una naranjita en sus manos, fue besada por ambos a la vez muy felices por lo que el destino había unido.

Muchos años han pasado desde entonces. Tres muchachas en un césped sentadas estan. Dos son morenas de cabello largo y negro, muy parecidas - ¿Hermanas? – Quizás. La más mayor está de espaldas, apoyada contra un naranjo. Rubia como el trigo, ojos azules como el cielo, cosiendo – puntadas va dando. Unas tijeras en su mano con forma de cigüeña, cortando el hilo de hilvanar. Tijeritas que uso la curandera que la ayudo a venir al mundo, la que la pario no la querrá. Jospehine… de cara a sus hermanas, bajo el árbol de la placenta enterrá. Es el árbol se la vida, la niña rubia nunca lo sabrá

Judge’s Comments:

A tale of duty, compassion and love. The characters in this story are well-drawn and there is a real sense of place. The narrative arc of the story is satisfying and develops a tale that may once have been all too common. A chance encounter brings romance into the lives of the two main characters and the cultural references establish the story clearly in Gibraltar’s past.

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