Short Stories Competition Spanish Language Category: Winner: Eugenia Maria Torres García with ‘Antes de Olvidar’
No recuerdo muchas cosas ya, pero sí la primera palabra que dije y el desconcierto que dejó en la habitación.
Hay mañanas en que despierto y necesito unos segundos para entender dónde estoy. Otras en que una palabra se queda detenida en la boca, como una llave que no encuentra cerradura. Mi hija lo disimula con una delicadeza que duele. Termina frases, completa nombres, ordena el mundo antes de que me dé cuenta. Lo hace con la misma paciencia con la que yo le enseñé a atarse los zapatos.
Mi nieta se sienta a mi lado en la plaza y balancea las piernas. Sostiene un trozo de calentita aún tibio. A nuestro alrededor las voces se mezclan, como siempre ha sido aquí: una petición en un idioma, una broma en otro, un saludo que empieza de una forma y termina de otra. Para ella es aire. Yo, en cambio, intento seguir cada hilo y acabo enredado en todos. Cuando me hablan, sé que esperan una respuesta sencilla. Veo en sus caras el instante exacto en que mi silencio empieza a resultar incómodo. No es que no quiera contestar. Es que las palabras no acuden. Se abren huecos.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que el silencio fue mío por decisión.
Recuerdo el suelo frío bajo la mejilla. Empujaba una canica sobre las baldosas mientras las voces pasaban por encima como corrientes. Para mí no eran solo sonidos: eran puertas. Cada lengua abría una estancia diferente dentro de la misma casa.
Mi madre cambiaba sin darse cuenta. En una lengua su voz se volvía firme; en otra, suave. Mi padre también variaba: había expresiones que lo asentaban y otras que le robaban aire. Mi abuela no distinguía; hablaba como si todo formara parte de una sola respiración.
Yo entendía. Sabía cuándo me pedían que recogiera, cuándo discutían, cuándo fingían no hacerlo. Pero cada idioma encendía una luz distinta y, bajo esa luz, las personas que quería se desplazaban apenas un milímetro. Eran ellos. Y no del todo los mismos.
Una tarde escuché mi nombre repetido de varias maneras. Decían, con cuidado, que tardaba demasiado en hablar. Que quizá tanta mezcla me confundía. Que convenía enseñarme a decir las cosas «bien». Como si «bien» fuera una puerta estrecha por la que había que pasar para estar a salvo.
Yo estaba en el pasillo, con la canica en el puño, y comprendí que, si hablaba, tendría que elegir. Y elegir no era pronunciar un sonido: era inclinar el mundo hacia un lado. Hacer que una voz fuera correcta y otra quedara como error.
No quería perder ninguno de aquellos acentos.
La tarde entraba oblicua en la cocina. Mi abuela pelaba patatas; el cuchillo golpeaba la tabla con una regularidad casi sagrada. Mi madre hablaba por teléfono y su voz subía y bajaba con una cadencia que me tranquilizaba. Mi padre sostenía el periódico sin pasar de página.
El olor del puchero llenaba la cocina. El aceite murmuraba. Afuera, alguien gritó un nombre. Y, entonces, abrí la boca.
—Homa —dije.
La palabra salió redonda. No era la de mi madre ni la de mi padre ni la de mi abuela, y al mismo tiempo era de los tres. Al pronunciarla sentí algo ratificarse en el centro del pecho, como si por fin encajara en su sitio. El silencio fue inmediato. Todos alzaron la vista. Mi padre tardó un instante en reaccionar.
—¿Qué has dicho?
Mi madre repitió el sonido, intentando acomodarlo en una lengua u otra.
—Ho… ma.
Mi abuela dejó el cuchillo y me miró largamente. En la comisura de sus labios apareció una sonrisa breve, casi secreta, como si me hubiera entendido sin necesidad de traducirme. Nadie se rió. Nadie me corrigió.
Después llegaron las demás palabras. Muchas. Conocidas, útiles, previsibles. Aprendí a usarlas todas. Crecí. Cambié de casa. Negocié, callé cuando convenía, y pedí cuando tocaba. Con el tiempo aquella escena se fue borrando, como se borran las primeras caídas o los primeros miedos.
Hasta que las palabras empezaron a irse.
Primero las raras, las que solo se usan una vez al año, como un mantel de fiesta. Luego las precisas. Después las fáciles. Una mañana no supe el nombre del tenedor. Lo tuve en la mano y no pude llamarlo. Ayer confundí el nombre de mi hija con el de mi madre. Ella me miró y en sus ojos vi una sombra rápida; algo parecido al vértigo. Aun así sonrió.
Ahora mi nieta me pregunta qué significaba aquella palabra. Me observa con una mezcla de curiosidad y prisa. Durante un instante no respondo. No porque la haya olvidado, sino porque la plaza me resulta extraña como si la hubieran cambiado mientras dormía. Busco un punto fijo, como quien tantea en la oscuridad. Algo que no se mueva. Y entonces siento una mano sobre el hombro.
Al alzar la vista encuentro los ojos de mi hija, tan parecidos a los míos que por un momento me devuelven a mí mismo.
Y, en ese segundo, la palabra aparece. Siempre aparece.
—Significaba hogar —le digo.
Ella frunce el ceño.
—¿Y por qué no dijiste eso?
No era cambiar de casa. No era escoger una puerta y cerrar las demás. Era algo más simple y más difícil: no traicionar ninguna voz.
—Porque era la única palabra donde cabían todos —respondo—. Sin que nadie se quedara fuera.
La niña repite el sonido en voz baja.
—Homa.
Luego corre tras las palomas. Mi hija no retira la mano.
Las demás palabras pueden marcharse. Algunas ya se están yendo.
Pero esas cuatro letras permanecen, esperándome.
Son el lugar que no cambia cuando todo lo demás se desdibuja. Tal vez por eso no me asusta que el resto desaparezca. Mientras aún pueda pronunciarla, sé que puedo volver.
Y el día que no pueda —si llega— quiero creer que me habré ido por el mismo lugar por el que entré: por una palabra en la que nadie tuvo que quedarse fuera.
Judge’s Comments:
A moving story that conveys more between the lines than in overt description. The narrative takes us back and traces a lifetime through the speaker’s arrival at, and use of, language. The writer makes lovely use of simile and description to evoke the memories of the speaker. The implied loss of the character’s language - be it through old age or illness - is described sensitively and with a sense of acceptance. The importance of the speaker’s first word is a lynchpin: stating and ending the narrative and lending the reader a sense of completion at the end.








