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Spanish Category Winner Nadie Quiere Volar Solo by Mark Montovio

Tan pronto como Caracas viste el cielo de naranja, una multitud de guacamayas canta y baila, todas agradecidas que un día más, pudieron saludar de nuevo al sol. El resonar de sus alaridos, simplemente una exhortación para cobijarse al acabar el día, late fuertemente en los edificios, y consigue que el caraqueño no piense en su caos cotidiano, por breve que sea, y se embriague de ilusión y de esperanza.

Esa orquesta, decía mi abuelo, la dirigía Dios, para que los atardeceres de la capital venezolana fuesen siempre inolvidables. ¡Y cuantas tardes lo fueron! Ahí, sentado en su regazo, seguro, querido y consentido, gozaba pendiente de cada palabra, que con la magia que solo tiene un abuelo, salía de sus labios. Tejía historia tras historia, que seguro había ido almacenando en lo más profundo de su corazón durante décadas, solo para contármelas a mí. Al menos eso me hacía sentir.

— Sabes Ernesto — contaba una tarde—. Los cielos de mi infancia no lucían estos colores. Las guacamayas tienen su reino en las selvas tropicales. Han conseguido adaptarse a un entorno que no es el suyo y el hecho de que estén acá es solo el triste reflejo del desequilibrio ecológico que vivimos.

—¿Cómo así paíto? — le preguntaba siempre solo para que siguiese.

—Acá descansan sobre antenas, azoteas y alfeizares. Con ese bello plumaje las guacamayas decoran las vistas más grises de esta ciudad, pero cuan bonitas estarían en los árboles. Ya sabes que dice la abuela…

—Sí, que son ángeles de la guarda. Un milagro de Diosito.
—Sabes mi amor, las guacamayas fueron uno de los tesoros que Cristóbal Colon se llevó para Europa tan impresionado quedó con ellas.

—Debe haber muchas. ¿A que sí? Yo creo que si siguen acá en Caracas, es porque son felices. ¿Te parece?

— Seguro chamito, palabras sabias. Vittorio Poggi, un gran señor italiano, lo decía. ¡Como las cuidaba cuando empezaron a llegarle a su ventana hace 50 años en Bello Monte! Venían todos los días, incluso le seguían cuando andaba por la calle. Cuidó a muchísimas en libertad y por eso ahorita hay tantas.

—¿Vendrán hoy paíto?

—Sabes que, aunque son ruidosas y gregarias, y siempre anuncian su llegada, debemos recordar que lo más bello, es que nosotros no las elegimos a ellas, ellas nos elijen a nosotros.

—¡Que rico! ¡Ya puedo oler las arepas!

—¡Tu abuela hace las mejores de toda Venezuela! ¿A que sí?

—¡Por cristo nuestro señor! ¡Que susto! — gritó la abuela.

El aleteo vigoroso de la linda pareja, que casi siempre llegaba a la ventana, la asustó en el momento que entraba con nuestras arepas y un recipiente de papaya y auyama para ellas. Cortaba los vegetales en trocitos todos los días para que les fuese fácil agarrarlos con una pata.

Y así, cada día, nos sentábamos los tres, contemplando como las guacamayas disfrutaban de su festín y nosotros de las arepas de la abuela. Habían estado toda una vida juntos. Habían sacrificado mucho, sufrido mucho, pero se amaban, y yo sabía que a pesar de todo eran muy felices juntos, arraigados a tradiciones y creencias que fortalecían su identidad.

Comíamos en silencio, y apenas decíamos nada, disfrutando de nuestras amigas, hasta que del mismo modo que habían llegado, se volteaban, y dándonos las gracias, desaparecían entre las nubes.

—Allá van Alejandro. Libres como el mar — solía repetir la abuela.

—Pero siempre juntas Carmen —contestaba el abuelo—. Nadie quiere volar solo. ¿Verdad Ernesto?

La abuela nos dejó, sin avisar, así de golpe, y con ella la ilusión de mi abuelo. Día tras día seguía sentándose al lado de la ventana, esperando a las guacamayas, hasta que también ellas, y también sin avisar, dejaron de regalarnos su tiempo. Pero el abuelo, después de haberse sentado ahí cada atardecer durante más de dos décadas no sabía cómo hacer otra cosa. Yo le acompañaba cuando podía. Me habían dado tanto, y me parecía doloroso verlo sentado solo, y sin quitarles la vista a las guacamayas que volaban de lejos. Pero la vida ya parecía que había levantado muchos muros entre nosotros. El con su mirada al cielo, y yo con la mía al horizonte.

—Bendición paíto —le dije esa tarde mientras guardaba mis macundales en la maleta, consciente de que mi partida le volvería a romper el corazón.

—Dios te bendiga Ernesto.

A pocos meses de mi llegada a Europa, el abuelo no tardó mucho más en coger vuelo para hacerle compañía al amor de su vida. Todavía vive la imagen en mi corazón del hombre que asomado a la ventana, soñaba, y disfrutaba de lo poco que tenía a su alcance. En un país, que hasta el día de hoy sigue estancado en estado de crisis, el reconocía el gesto de paz, libertad, amor y esperanza, que representaban las visitas de sus hermosas guacamayas.

Sé que no supo lidiar la soledad. Aunque aceptó que yo necesitaba buscar mi propio camino, lejos del corazón de mi infancia, no llegó nunca a entender que las guacamayas no pudieran ser las guardianas de mi felicidad. Cuanto lo extraño…

El aleteo repentino de una paloma me hizo volver al presente.

Acá sentado, contemplando las calles grises y desiertas desde mi ventana, era testigo de esta gran pandemia que cada día nos robaba a más y más de nuestros queridos abuelos. Esperaba cada tarde, con la misma paciencia que cultivé de niño, que esta paloma solitaria y gris apareciera, nerviosa y un poco ingrata, para picotear los trocitos de pan seco que le arrojaba, mientras recordaba el sonoro cielo pincelado de colores de los atardeceres de mi querida Caracas.

El tiempo y la lucha, habían desviado mi rumbo. Había perdido el vínculo al ombligo de mi tierra, de mis raíces, de lo que importaba. No podía negar que mis pensamientos siempre volvían al mismo lugar, y con la mirada al cielo, mi corazón le pedía a Dios que las bellas guacamayas se posaran ya mismo en mi ventana.

—¡Cuánta razón llevabas paíto! Nadie quiere volar solo…

Judge Charlie Durante’s comments:

“This story travels all the way from a crespuscular Caracas to a grey Europe in the grip of the pandemic. That physical journey reflects the spiritual and emotional trajectory of the protagonist, who has left behind a childhood paradise in Caracas with his beloved grandparents and the ever-present, colourful and friendly birds, the ‘guacamayas.’ There is a strong bond between grandfather and Ernesto, his grandson, and their fascination with the exotic birds symbolises this love. Mark is an expert at weaving local colour into his story in a very natural, unobtrusive way so that we can almost visualize the gorgeous birds, smell the food, and see the antennae and terraces that punctuate the Caracas skyline. European exploitation of the Americas is hinted at with Columbus taking some of the native birds to Spain. Likewise, the degradation of the ecosystem has deprived the birds of their natural habitat. But like all paradises, this one is also doomed. The grandmother dies, followed soon after by the death of Ernesto’s beloved grandfather. A disillusioned Ernesto ends up in a grey, stricken Europe. His attempts to befriend an ungrateful dove are no substitute for the wonderful ‘guacamayas.’ Is this just an inevitable result of growing up or is the story more of a meditation on how fragile happiness is? The birds are gregarious and their closeness to Ernesto and his grandparents testifies to the importance of togetherness and companionship. No wonder the title declares unequivocally how important it is not to fly alone!”

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